Unknown artist, Christ on the Cross (detail), 1700s. Polychrome wood and silver; 28⅜ × 12⅝ × 7¼ in. Funds from the Charles Patterson III bequest and from Jeff Dunn in honor of Charles Patterson III, 2022.322A-B.

Escultura devocional de Quito

Unknown artist, Christ on the Cross (detail), 1700s. Polychrome wood and silver; 28⅜ × 12⅝ × 7¼ in. Funds from the Charles Patterson III bequest and from Jeff Dunn in honor of Charles Patterson III, 2022.322A-B.

El Denver Art Museum adquirió recientemente dos destacadas obras de escultura quiteña del siglo XVIII, con las cuales enriquece su colección de arte colonial latinoamericano.

Copper and painted sculpture of an angelic woman figure

Artista desconocido, Virgen de Quito, hacia 1750. Aleación de cobre y níquel, pintura y lámina de plata sobre madera de cedro; 17½ × 9½ × 6½ in. Donación de John Pogzeba y esposa, 1974.265.

Sculpture of an emaciated man holding a ball and chains

Artista desconocido, San Pedro de Alcántara Penitente, principios del siglo XVIII. Madera, gesso, pintura, vidrio y metal; 12 × 6 × 3½ in. Donación de la Fundación Stapleton de Arte Colonial Latinoamericano, la cual fue posible gracias a la familia Renchard, 1990.332.

Durante los siglos XVII y XVIII, la ciudad andina de Quito fue el centro de creación de escultura policromada más importante de Sudamérica. Los comentaristas y cronistas del siglo XVIII destacaron la gran calidad de la escultura quiteña y su popularidad entre los compradores de América Latina y Europa. Algunos artistas españoles, como Diego de Robles (fallecido en 1594) que había llegado a Quito en la década de 1580, ayudaron a implantar las técnicas de esculpido policromado en Sudamérica. Aunque en apariencia seguían las convenciones estilísticas europeas, sobre todo las del sur de España, la gran mayoría de las esculturas quiteñas fueron realizadas en talleres por artistas indígenas y mestizos anónimos. Los más famosos fueron los escultores mestizos e indígenas Bernardo de Legarda (ca. 1700-1773) y Manuel Chili "Caspicara" (1723-1796).

Entre los numerosos e importantes encargos que recibió Legarda se encuentra su Virgen de Quito, esculpida en 1734 para el convento de San Francisco. De Legarda transformó la iconografía tradicional de la Virgen de la Inmaculada Concepción al conferirle una nueva pose —la cabeza inclinada y los brazos levantados— y dotar de un movimiento dinámico a su manto.

Otro ejemplo del mismo tema que se incorporó a la colección del DAM en 1974 muestra un hermoso “estofado”, técnica utilizada para representar los exuberantes brocados tan populares en el Ecuador colonial, creado mediante la aplicación de oro y pintura sobre gesso. Los artistas solían aplicar primero una capa de gesso, a continuación hoja de oro y finalmente pintura, tras lo cual raspaba cuidadosamente la pintura con un punzón para revelar el oro que había debajo. La obra, típica de las esculturas quiteñas, se embelleció aún más con finos ornamentos de plata: alas, un “resplandor” (aureola) y una base repujada.

Las esculturas de Quito eran elogiadas no solo por su belleza y brillante policromía, sino por la habilidad del escultor para evocar la carne humana mediante una técnica conocida como “encarnación”, creada a través de capas de pintura y lijado. Muchas obras presentan ojos de cristal que parecen reales, lo que aumenta aún más su realismo y su potencial evocador. Las esculturas se creaban para adornar iglesias y monasterios, y a una escala mucho menor para su uso en el ámbito doméstico.

En 1990 llegaron al museo importantes ejemplos de la escultura quiteña, gracias a la donación sin precedentes por parte de la familia Renchard de más de 500 objetos reunidos por Daniel Casey Stapleton (1858-1920) entre 1895 y 1914. Entre la gran variedad de obras se incluyen esculturas devocionales de menor tamaño, como este notable ejemplo del franciscano español San Pedro de Alcántara, con la espalda desollada y descarnada por haberse flagelado en penitencia, y apretando un azote con la mano.

Esos macabros detalles buscaban provocar una respuesta empática en el espectador; también se encuentran en el recientemente adquirido Cristo en la cruz. En esta obra, el artista representó meticulosamente las heridas sangrientas y lívidas de las manos, los codos, las rodillas y la espalda de Cristo, haciendo palpable su sufrimiento. La postura en contrapposto de Cristo, el cuidadoso modelado de su cuerpo y sus ropajes demuestran la extraordinaria destreza del escultor y una sofisticada comprensión de la anatomía humana. Al igual que otras esculturas procedentes de Quito, la obra está adornada con remates de plata en forma de cruz y un nimbo en forma de arco con gavillas de trigo (símbolo de la eucaristía). Originalmente, parte de una escena del calvario, como este ejemplo de la colección del Metropolitan Museum, la escultura habría estado acompañada por las figuras de la Virgen María, María Magdalena y San Juan Bautista, testigos de la crucifixión. Esta extraordinaria obra se expondrá en las salas de Arte Latinoamericano en el nivel 4 del Edificio Martin en mayo de 2024.

A la izquierda: Artista desconocido, Cristo en la Cruz, 1700. Madera policromada y plata; 28⅜ × 12⅝ × 7¼. Fondos provenientes del legado de Charles Patterson III y de Jeff Dunn en honor de Charles Patterson III, 2022.322A-B.

Derecha: Artista desconocido, Dormición de la Virgen, 1700. Madera policromada, encaje, seda bordada, plata y vidrio; 27 × 19½ × 28 in. Fondos provenientes de Charles Patterson III, 2022.336A-G. Imagen cortesía de Jackson's International Auctioneers, Cedar Falls, Iowa U.S.A.

La más reciente adquisición de escultura quiteña del museo es una excepcional Dormición de la Virgen María, que muestra la figura de María en su muerte, descansando sobre un elaborado lecho dorado con celosías, florituras de rocalla y un espejo incrustado. Según los apócrifos cristianos, la virgen murió apaciblemente en la cama, rodeada de los apóstoles. Las imágenes de su muerte y asunción eran especialmente populares en Quito, ciudad constantemente amenazada por terremotos o erupciones volcánicas. La pieza destaca no solo por el magistral tratamiento del rostro sereno de María, sino también por su exuberancia. Además de la cama rococó, la obra presenta tejidos originales del siglo XVIII, como encajes hechos a mano, brocados y medias de seda. Asimismo, se adorna a la virgen con un cinturón de plata, una intrincada corona de plata y pendientes, adornos acordes con su condición de Reina del Cielo. Una versión prácticamente en tamaño real de esta escena se encuentra en el Monasterio de El Carmen Alto de Quito; la versión a menor escala del Denver Art Museum probablemente estaba destinada a la devoción en la intimidad de un hogar o tal vez de una celda de un convento. Esta obra se someterá próximamente a un proceso de conservación para su exposición

Tanto el Cristo en la cruz como la Dormición de la Virgen fueron adquiridos, en parte, gracias a la generosidad de Charles Patterson III, antiguo conservador del Denver Art Museum, así como a las donaciones realizadas en su honor por Jeff Dunn. Patterson, quien se formó en Londres y trabajó allí en el British Museum y el Horniman Museum, se incorporó al DAM en 1991 como su primer conservador. Durante sus 18 años en el museo, amplió el Departamento de Conservación y acabó convirtiéndose en su director.

En el Departamento de Arte Latinoamericano estamos muy agradecidos por su legado.